La ciudad eterna · Historia, ruinas y memoria viva
Vamos a viajar y hablar de la ciudad eterna, y sobre todo QUE VER, porque si existe un lugar del mundo donde no puede uno parar de ver, ese lugar es Roma, Roma es una de las ciudades más antiguas del mundo, alberga la cuna de un imperio dedicado a una ciudad y no a un país. Después de ser un reino, una república, un imperio, otro reino, y con otra república llega a nuestros dias.
Miro a través del visor de mi cámara y la luz dorada del atardecer tiñe las ruinas del Foro Romano. Camino sin prisa, capturando el contraste entre la piedra milenaria y el bullicio de las vespas que cruzan las calles. Cada esquina de la "Ciudad Eterna" me regala un encuadre perfecto, desde la majestuosidad del Coliseo hasta el agua brillante de las fuentes. Roma no solo se visita, se siente en cada disparo fotográfico mientras congelo su historia para siempre.
Al encuadrar la Fontana dei Quattro Fiumi, el visor se llena del dinamismo salvaje del mármol esculpido por Bernini.El agua pulverizada salpica mi lente mientras busco el contraste perfecto entre las sombras de los gigantes y la luz que golpea el gran obelisco. A través del cristal, el movimiento de la corriente parece cobrar vida, transformando la Piazza Navona en un escenario barroco puro o el estadio de Domiciano. Cada disparo me permite congelar la fuerza de los ríos y la mirada imponente de unos dioses atrapados en el tiempo. (imagen de la derecha)
Como llegar a roma, en mi caso desde España , por avión y siempre he salido desde Madrid por ser mi ciudad y después aunque no vivo en Madrid sigo usando la vía Madrid, con destino a Fiumicino o Ciampino, en Fiumicino (FCO) cuyo nombre oficial es Leornardo da Vinci, es el aeropuerto mas grande Italia, la T3 es la terminal internacional y la T1 para vuelos nacionales, aunque tambien se usa para vuelos europeos. Fiumicino es un aeropuerto moderno con todo tipo de servicios. Para llegar a Roma la opción mas cómoda es un transfer, o un taxi dependiendo del trayecto puede rondar desde los 31€ a Parco dei Medici a 125€ al porto de Civitavecchia. Dispone de autobuses directos Terravision, SIT ,Cotral y Atral, con precios desde los 6€. Nada mas salir de la terminal 1-2, a la derecha veréis montones de carteles que llevan a estos buses. Otra opción es el tren que este dentro del aeropuerto, tiene dos líneas la primera Roma termini , tren sin paradas que te lleva hasta la estación de Termini en 30’. Se pueden comprar los billetes on line o antes de acceder al tren. La otra línea Roma Tiburtina tienes más paradas que el anterior, pero dependiendo la zona donde os alojéis puede ser mejor opción, después en ambas estaciones se puede tomar el metro hasta el lugar concreto. Alojarse en Roma depende mucho de lo que quieras ver y hay opciones para todos los gustos, más o menos céntricas y dependiendo de eso su precio fluctuara mucho.
El sol de la mañana golpea de frente contra el mármol agrietado del Foro Romano, y el visor de mi cámara se llena de un dorado casi irreal. Roma no se camina, se encuadra. Cada esquina exige detenerse, ajustar la velocidad de obturación y mirar el peso de la historia a través del cristal.Empecé temprano en el Foro. Aquí, entre columnas truncadas y templos en ruinas, el reto es capturar el vacío. Intento buscar ángulos bajos, dejando que las líneas de las piedras guíen la mirada hacia el cielo azul, imaginando el eco de las voces que una vez cambiaron el rumbo del mundo. Un plano detalle de un relieve desgastado por los siglos dice más que una panorámica limpia.Luego subí al Palatino, buscando la perspectiva elevada. Desde las ruinas de los palacios imperiales, la perspectiva cambia por completo. Entre los pinos mediterráneos, la luz empieza a ser más dura, creando sombras dramáticas sobre los ladrillos antiguos. Juego con los contrastes: el verde vivo de la vegetación frente al ocre y el naranja de la piedra romana. La cámara se convierte en una máquina del tiempo que congela la decadencia perfecta de lo que alguna vez fue el centro del imperio.
Estoy frente al Coliseo. Es un monstruo de piedra difícil de domar en una sola imagen. No busco la postal típica que cualquiera puede encontrar en internet. Me muevo a su alrededor, buscando los arcos interiores, las texturas del travertino y la forma en que la luz de la tarde se cuela por sus cavidades vacías. Espero pacientemente a que un grupo de turistas avance para capturar a una persona solitaria recortada contra la inmensidad de la estructura, buscando reflejar la escala humana frente a la eternidad.Tengo los dedos cansados de ajustar diales y los pies polvorientos de andar por los mismos caminos que los emperadores, aqui dejo la esencia atomica que perderara del divino Marco Aurelio, pero la tarjeta de memoria está llena de instantes capturados. Roma late despacio, y yo solo intento conservar un pedazo de su luz antes de que se ponga el sol.
La luz de la tarde cae de lado sobre la Vía de los Foros Imperiales, el momento perfecto para que los relieves de la Columna de Trajano cobren vida en mi visor. Si el Coliseo es pura escala, este rincón de Roma es puro detalle. Aquí la fotografía no consiste en abrir el plano, sino en saber mirar de cerca.He plantado el trípode frente a la columna, cambiando a un teleobjetivo para comprimir la perspectiva. Es una locura pensar que estoy fotografiando un cómic de piedra esculpido hace casi dos mil años. Ajusto el enfoque manual en las figuras de los soldados dacios y romanos; a través de la lente, la textura del mármol revela el rastro de los cinceles antiguos. Busco un encuadre donde el sol poniente resalte el volumen de las batallas talladas en espiral, dejando que el fondo se difumine en un contraste suave.
Me muevo después hacia los Mercados de Trajano. Este complejo semicircular de ladrillo rojo es un paraíso para jugar con las formas geométricas. Me fascina la simetría de las bóvedas y los arcos que resisten el paso de los siglos. Configuro la cámara en blanco y negro directamente en el visor: sin el color, el espacio se reduce a líneas puras, luces profundas y sombras que se cuelan por las antiguas tabernas comerciales. Un plano contrapicado desde la base hace que la estructura parezca un gigante dormido en medio de la ciudad moderna.
la jornada junto a los restos del Templo de Marte Vengador, en el vecino Foro de Augusto. Las tres columnas colosales que quedan en pie recortan el cielo que empieza a teñirse de violeta. Espero el instante exacto en que las luces artificiales de los monumentos se encienden, buscando ese equilibrio mágico donde la luz natural del crepúsculo y la iluminación artística de las ruinas conviven en el mismo encuadre.Tengo la espalda cansada de cargar la mochila y los ojos fijos de tanto buscar encuadres, pero la sensación es increíble. Trajano levantó esto para la eternidad, y yo me llevo un pedazo de esa eternidad congelado en mi tarjeta de memoria.
El sol empieza a caer y la luz de Roma se vuelve densa, ideal para capturar el misterio que el tiempo ha grabado en sus piedras. Mi cámara no solo registra formas; busca los fantasmas de la historia que habitan en cada plaza.Llego al Panteón de Agripa cuando la tarde se filtra por su imponente pórtico de columnas monolíticas, traídas desde Egipto a través del Mediterráneo en los tiempos de Adriano.
Al cruzar el umbral, el espacio te aplasta. Levanto la cámara hacia la cúpula de hormigón más grande de la historia, una obra maestra de la ingeniería romana que lleva intacta casi dos milenios. Ajusto un objetivo gran angular para abarcar la inmensidad del espacio y enfoco el óculo central. El haz de luz solar entra como un foco sólido, iluminando el polvo en suspensión y el suelo de mármol por el que caminaron emperadores y papas.
Disparo en formato RAW; quiero retener cada matiz de esa luz divina que parece conectar el cielo con la tumba de Rafael.Dejo atrás la penumbra del Panteón y me sumerjo en el bullicio de la Piazza Navona. Coloco un filtro de densidad neutra en el objetivo. Quiero hacer una larga exposición para difuminar a la multitud que camina y dejar estática la verdadera joya del lugar: la Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini. A través del visor, el agua se convierte en una seda etérea que envuelve a los gigantes de piedra.
Mientras el obturador sigue abierto, pienso en el subsuelo de esta plaza, que aún conserva la forma exacta del Estadio de Domiciano, ver mas abajo subsuelo , donde los romanos vitoreaban las carreras de atletas. Capturo el contraste perfecto del barroco papal superpuesto sobre los cimientos del ocio imperial.
La última parada de la noche es la Fontana de Trevi. El sonido del agua ruge antes de que la plaza aparezca ante mis ojos. Busco un ángulo lateral, apoyando la cámara sobre una balaustrada para evitar las vibraciones. Aquí, la historia se mezcla con el mito y el cine. Enfoco la figura imponente de Océano dominando las aguas, recortado contra el palacio que sirve de fachada. El diseño de Nicola Salvi es un teatro de piedra caliza y travertino.
Espero pacientemente a que la iluminación artificial resalte las texturas de la roca y los músculos de los caballos marinos, buscando un encuadre limpio entre el mar de brazos que sostienen teléfonos móviles.Una moneda vuela en el aire, brilla bajo los focos y cae al agua con un leve chapoteo. Capturo el destello justo antes de que se hunda junto a los deseos de millones de viajeros que, como yo, han quedado atrapados por el hechizo eterno de esta ciudad.
Encender la linterna y exprimir el sensor de la cámara es el primer paso: bajo el asfalto romano, la fotografía se convierte en un juego de claroscuros, humedad y absoluto silencio.
El viaje subterráneo comienza en el Vicus Caprarius, la "Ciudad del Agua". A nueve metros bajo el suelo de Trevi, configuro una apertura máxima de diafragma para capturar el agua cristalina que aún fluye con fuerza entre los muros de ladrillo de una insula del siglo I. El visor registra el temblor constante del líquido reflejado en las estructuras arqueológicas.
Ese murmullo me guía hacia los pasajes ocultos del Acueducto Virgo, la obra maestra de la época de Augusto que nunca ha dejado de funcionar. Aquí la oscuridad es total. Planto el trípode y realizo una larga exposición de varios segundos, usando una pequeña antorcha LED para "pintar" los arcos de travertino y congelar la monumental ingeniería que abastece a las fuentes de la superficie.
De regreso al centro, bajo Piazza Navona, me adentro en el Estadio de Domiciano. Frente a los gigantescos pilares que sostenían las gradas de la dinastía Flavia, utilizo la técnica de horquillado (HDR). Así logro equilibrar en el encuadre las sombras profundas de las bóvedas con los fogonazos de luz moderna que se filtran por los tragaluces.
Finalmente, tomo la Vía Appia hacia el corazón espiritual del subsuelo. En las Catacumbas de San Calixto, subo el ISO para disparar a pulso entre kilómetros de pasillos estrechos tallados en toba volcánica. La lente enfoca la geometría de los loculi vacíos y los grabados clandestinos del pez y el ancla, testimonios de la fe de los primeros cristianos.
Termino el recorrido cuatro niveles más abajo, en las Catacumbas de San Sebastián. Allí juego con las linternas en la Triclia para plasmar un contraste histórico único: los frescos de antiguos mausoleos paganos integrados de forma dramática en la necrópolis cristiana.Al salir a la superficie, la luz del sol italiano deslumbra, pero en la tarjeta de memoria ya se ha quedado grabada la Roma invisible que sostiene la historia de Occidente.
Cruzo el río Tíber al amanecer, con el equipo al hombro y la mente puesta en la frontera invisible que separa a Roma de la cuna del poder papal. Hoy la fotografía no es solo cuestión de estética; es un ejercicio de escala, devoción y arte absoluto.Empiezo la jornada perdiéndome en los pasillos infinitos de los Museos Vaticanos.
Aquí el reto es la sobreestimulación: cada techo, mapa y escultura exige un encuadre. En las Estancias de Rafael, me planto ante La escuela de Atenas. Ajusto el enfoque manual en los rostros de Platón y Aristóteles, buscando capturar la profundidad de la perspectiva que el maestro del Renacimiento pintó para el papa Julio II.
Avanzo hacia la Capilla Sixtina, donde guardo la cámara por respeto y norma, pero sigo encuadrando con los ojos: memorizo la tensión milimétrica en los dedos de Dios y Adán pintados por Miguel Ángel, una imagen que ha definido la iconografía de Occidente.
Al salir, la espectacular escalera de caracol de Giuseppe Momo me devuelve al mundo de los objetivos. Con un gran angular extremo, me asomo desde el borde superior. Las líneas geométricas descienden en una espiral perfecta de bronce, creando una hipnosis visual donde los turistas que bajan parecen figuras en miniatura de un lienzo moderno.
La luz del mediodía me recibe en la inmensidad de la Plaza de San Pedro. Me sitúo en el centro del diseño elíptico de Bernini. Su columnata, concebida como los brazos de la Iglesia que abrazan a la humanidad, ofrece un juego de luces y sombras brutal. Busco un contrapicado donde las estatuas de los santos, recortadas contra el cielo azul, parezcan vigilar el obelisco egipcio central, el mismo que Calígula trajo a Roma y que fue testigo del martirio de San Pedro en el antiguo circo que yacía bajo mis pies.
Finalmente, cruzo el umbral de la Basílica de San Pedro. El espacio es tan colosal que distorsiona la percepción. Me dirijo directamente a la derecha para fotografiar la Piedad de Miguel Ángel. A través de un teleobjetivo, capto el brillo del mármol pulido bajo los focos de seguridad; es conmovedor ver cómo el genio florentino logró transformar la piedra fría en la suavidad de la piel de una madre rota por el dolor.Camino hacia el altar mayor y planto la cámara bajo el gigantesco Baldaquino de bronce de Bernini, fundido con el metal extraído del mismísimo Panteón. Espero pacientemente a que los rayos de sol se filtren por las ventanas de la majestuosa cúpula, creando densas columnas de luz mística que cortan la penumbra de las naves. Disparo justo cuando un sacerdote avanza bajo el haz de luz. En esa única toma, condenso dos mil años de fe, arte y la incansable búsqueda humana de lo sagrado, sin condenar lo humano a lo divino.
La luz del atardecer empieza a teñir las fachadas barrocas y neoclásicas, recordándome que fotografiar las cuatro basílicas papales de Roma es capturar el poder, la arquitectura y la fe concentrados en sus máximos templos de peregrinación. Cada una exige una mirada técnica diferente para retratar su majestuosidad.
Comienzo la ruta en San Juan de Letrán, la catedral de Roma y la más antigua de las cuatro. Me planto en su inmensa plaza para capturar la imponente fachada neoclásica con un objetivo gran angular. Busco un contrapicado pronunciado que encuadre las gigantescas estatuas de Cristo y los santos recortadas contra las nubes en movimiento. Ya en el interior, el suelo cosmatesco de mármoles de colores me obliga a bajar la mirada; ajusto el enfoque para retener los patrones geométricos medievales que guían la perspectiva hacia el altar papal, donde se guardan las reliquias de San Pedro y San Pablo.
Me desplazo hacia Santa María la Mayor, la joya mariana de la ciudad. Aquí el reto fotográfico está en los techos y las alturas. Planto el trípode bajo el espectacular artesonado de madera, dorado con el primer oro traído de América. Cambio a un teleobjetivo para comprimir los detalles de los mosaicos paleocristianos del siglo V que brillan en el arco triunfal. La mezcla de luces —la dorada de las lámparas y la natural que entra por las ventanas altas— genera un contraste cálido que la cámara registra con una nitidez casi pictórica.
Para la tercera parada cruzo las murallas medievales hasta San Pablo Extramuros. Al entrar en su cuadripórtico, el silencio es absoluto. El encuadre perfecto lo encuentro alineando la cámara entre el bosque de 150 columnas de granito que reflejan la luz de la tarde de forma matemática. En el interior, la inmensidad diáfana de la planta basilical sobrecoge. Ajusto una velocidad de obturación lenta para capturar a los fieles caminando bajo el friso de los retratos de todos los papas de la historia, cuyos rostros iluminados parecen flotar en la penumbra de la nave lateral.
Termino el recorrido donde todo cobra sentido técnico y espiritual: la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Espero al momento exacto en que los últimos rayos de sol se filtran en diagonal a través de las ventanas de la majestuosa cúpula de Miguel Ángel. El polvo en suspensión crea columnas de luz sólida que cortan la oscuridad del templo. Disparo a pulso, aprovechando la máxima apertura del diafragma para congelar el Baldaquino de bronce de Bernini bajo esa atmósfera celestial, resumiendo en una sola toma el fin de este viaje por las cumbres del arte sacro.
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